lunes, 12 de enero de 2009

Tres piedrecitas

Estando sentados en una pequeña plaza del hospital, se miraron fijamente, recordando tantos momentos que habían vivido juntos. Ella buscó sus ojos, él contemplaba el mar, mientras con su mente revivía las innumerables tardes de playa que tantos momentos especiales habían cobijado. Y aunque la última tarde de playa no había sido precisamente la mejor experiencia vivida, sabía que las arenas y el mar infinito que ahora estaban frente a sus ojos habían sido el mejor y más fiel testigo de todo su romance.


Y ella, de espaldas a la playa, en aquella banquita que -al igual que muchas otras- nunca se esperó encontrar, lo observaba con ternura y tranquilidad. Se sentía feliz de que él la acompañara en ese momento, al igual como lo venía haciendo hace tres días, desde aquella tarde de lunes en que la llevó a su casa. Aquella tarde ella se había sentido desesperada y triste, lo que era perfectamente atribuible a lo que había sucedido. Pero no sola. Nunca pudo sentirse sola porque nunca estuvo sola. Él la acompañó en todo momento porque sabía que para ella no resultaba nada fácil, corrió tras una camioneta solo para intentar solucionar el problema, habló por ella cuando el nerviosismo no la dejaba articular palabra alguna, caminó con ella intentando tranquilizarla y la llevó hasta su casa, donde poco a poco logró que ella se calmara por completo a pesar de la tristeza y el susto.


Pero ahora ella no estaba asustada... ni triste. Por el contrario, estaba feliz de estar junto a él, de haber compartido tanto con él, de haber hecho de cada momento juntos un recuerdo especial, como sin duda lo era aquella tarde en la placita del hospital.


De pronto él le dijo que cerrara los ojos, y ella, expectante, lo hizo. Él tomó sus manos y puso algo entre sus dedos. Ahí estaba: era una pequeña bolsita de terciopelo azul con tres piedras de color cristal, un hermoso regalo que para él encerraba todo el simbolismo que buscaba transmitir a la chica. Ella observó que en su mano, él tenía tres piedrecitas exactamente iguales a las suyas, y entonces se preguntó qué quería decirle él a través de ese particular regalo. Mirándola siempre a los ojos, el chico le dijo que cada piedrecita representaba un mes de todo lo que habían vivido hasta entonces. Y que como eran iguales las piedras que cada uno tenía, eso significaba que iban a estar por siempre juntos, viviendo cada vez más momentos como todos aquellos que habían vivido en esos tres hermosos meses. Y sorprendida por el detalle, pero a la vez feliz, ella lo abrazó tiernamente.


Y desde entonces que las tres piedrecitas que ahora cada uno guarda en sus mochilas son especiales,
tienen el aroma de aquella tarde en la placita, y la textura de mil momentos de playa. Son especiales porque nunca las dejan, las llevan siempre y siempre las tienen en sus manos, solo porque les recuerdan lo mucho que se aman, y la promesa tácita y cómplice de amor eterno que hicieron al mirarse a los ojos aquella vez.




Tiempo después, aquella misma niña de la plaza se sentía inquieta, su corazón estaba inquieto porque sabía que algo no andaba bien. Él estaba triste y a kilómetros de distancia, ella podía sentirlo, como una clavada en su corazón. Y toda la noche tuvo en su mano las piedrecitas, en su mente aquel joven a quien tanto amaba, y en su corazón albergó con más calor aún ese sentimiento que crecía con el tiempo y se volvía cada vez más fuerte. Pensaba en él, miraba sus fotos y las piedrecitas en su mano siempre... aunque hubiese dado todo por verlo y abrazarlo en ese minuto, y pese a que él le había dicho que no, ella seguía empecinada en verlo al día siguiente.


Hasta que lo vio. Su mirada estaba perdida y aunque parecía concentrado, por sus ojos supo que su mente estaba en otra parte. Pero la sintió llegar. Ella se sintió un poco cohibida a su lado por unos segundos, pero en seguida se tranquilizó. Después que caminaron un rato conversando, logró desentrañar lo que tanto le preocupaba: la razón por la que él había sonado tan triste por teléfono la noche anterior. Y aunque entendía perfectamente la razón de su molestia, ella creía que su forma de actuar no era la correcta, por lo que intentó disuadirlo con todas sus fuerzas. Pero él estaba impertérrito, con la mirada perdida pero tan fija como la decisión que había tomado. Siempre había sido así, imperturbable en sus decisiones, aún arriesgándose a cometer errores, y aunque entendía perfectamente la posición de la chica que le suplicaba que recapacitara, él sabía que no podía seguir tolerando aquella situación. Parecía tan tranquilo, y eso era lo que más a ella le impedía tranquilizarse, porque temía que él se expusiera a peligros innecesarios, porque no quería que ocurriera nada con él... porque sabía que no resistiría perderlo. Jamás. Ambos lo sabían. Y fue entonces cuando, sintiendo las tres piedrecitas en su bolsillo, se echó a los brazos del chico desesperadamente, y rompió a llorar como quizás nunca antes lo había hecho. Y fue allí cuando lo supo: amor eterno, ya no les cabía ninguna duda a ambos.


Al fin él hizo algo que la tranquilizó y logró arrancarle algunas sonrisas. Decidió volver a su casa. Se despidieron prometiendo verse al día siguiente, y entonces ella, mientras él bajaba al andén del tren, respiró profundo y al fin con su corazón en paz. El chico al cual amaba, y que también la amaba con todo su corazón, estaba bien, y estaría con ella para siempre en carne y hueso, y con toda su alma. Al fin, mientras subía las escaleras, respiró y sonrió ya mucho más tranquila. Y en su bolsillo volvió a sentir las tres piedrecitas, y se marchó sonriendo.





...y mientras escribía su historia, no dejó de mirar y acariciar aquellas tres piedrecitas
...




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