Sofía estaba tranquila, mirando el mar y sintiendo el aire de la playa a su alrededor. Aquel día había parecido eterno después de una larga y estresante semana. Ella sentía la arena bajo sus pies, la brisa de septiembre en su cara y el tibio sol de una tarde de incipiente primavera. Estaba allí, descansando, mirando al horizonte, jugueteando con la arena esperando a que él dejara de jugar en el agua. Había algo que perturbaba su mente, como una pequeña abejita revoloteando en su corazón, algo que la inquietaba, que la hacía sentirse inexplicablemente feliz.
Habían sido amigos desde hacía casi un año. Los mejores amigos, que se acompañaban siempre y se contaban todo. Por eso, a Sofía le habían extrañado algunas reacciones en él, que parecían perturbarlo desde hacía algún tiempo. Quería saber qué estaba ocurriendo, a pesar de que él ya se lo había dicho, por eso decidió que aquel día sería perfecto para hablar. Después de sus clases llevó a su amigo a caminar, y fueron hablando de música y de política. Y todo parecía ser igual que siempre, parecían ser los mismos mejores amigos que hacía una semana o dos se habían divertido como nadie jugando a reventar globos.
Pero de pronto todo parecía distinto. Ignacio comenzó a caminar desde el mar hacia donde estaba ella. Se sentó a su lado, la miró a los ojos, con la sinceridad que probablemente nunca había mirado antes a alguien, y sonrió. Y entonces él se lo dijo: le gustaba. Sofía sonrió con él, pensando en que todo aquello que una semana antes habían conversado era mucho más real de lo que ella imaginaba, y mucho más fuerte y verdadero. Ignacio estaba tranquilo, ella buscó nuevamente sus ojos, en los cuales había un brillo especial, que ella desconocía por completo. Ella no encontraba las palabras, dejó que su amigo hablara y mientras lo escuchaba sólo cruzó por su mente un vago recuerdo de todo lo que habían vivido siendo los mejores amigos, y fue entonces que se dio cuenta de cuánto lo quería, de cuán importante era aquel muchacho para ella, de lo profundo que había marcado su corazón. Siempre había sentido un afecto especial hacia él, y eso lo sabía perfectamente; siempre había confiado en él ciegamente a pesar de que muchos le decían que tuviera cuidado; siempre había estado con él sin saber por qué. Y ahora tenía la respuesta: aquel chico que estaba frente a ella la miraba fijamente, con una ternura imperturbable que la estremeció por un momento. La chica sabía que por el momento no podría darse nada más entre ambos, y sin embargo esa serenidad que transmitía Ignacio en su mirada la intrigaba. ¿Será que ella también sentía algo por él? Aún no encontraba respuesta, sólo lo miraba infinitamente a los ojos.
Un momento después, ambos recostados ligeramente en la arena se miraban fijamente. Sofía parecía inquieta, esta vez era ella quien parecía perturbada por algo. Y en un momento sólo reaccionó para decirle "abrázame". Sin pensarlo, él se acercó y la abrazó con todas sus fuerzas, buscando tranquilizar a su amiga, porque ya sabía que aquella niña era la persona que su corazón quería. Y estuvieron así largo rato, abrazados, solo mirándose a los ojos y sin ganas de nada más por miedo a romper lo sublime de aquel momento magnífico. Jugueteaban con la arena, reían y conversaban con la misma tranquilidad de siempre, porque él estaba con ella para calmarla, porque sabían que se tenían el uno al otro para siempre, y con ese abrazo lo habían reafirmado. Pero siempre mirándose a los ojos, transmitiéndose toda la confianza y conociéndose más de lo que habían logrado conocerse en un año completo.
Pronto sus rostros comenzaron a acercarse muy lentamente, de una forma casi imperceptible. Sofía lo miraba fijamente siempre, e Ignacio intentaba tranquilizarla afirmando sus manos, en un gesto inequívoco de cariño y amistad. No sabían cuánto tiempo habían estado así, ni les interesaba; tampoco cuántas personas habían pasado a su alrededor. Sólo sabían que ese momento y lugar serían especiales para ellos, porque allí, en esa playa y aquella tarde había florecido un sentimiento muy especial entre ambos, un sentimiento desconocido, que los intrigaba y que sabían que los mantendría unidos mucho tiempo. Ignacio acariciaba su rostro lentamente, y Sofía cerró los ojos. Ambos se emocionaron y de los labios de la chica escapó un "te quiero", que sonó en sus oídos como la melodía más dulce y más tierna que se hubiera escuchado en siglos. Ignacio estaba conmovido y su rostro, esta vez ya muy cerca del cuerpo de la niña, tocó la piel de su rostro. De los ojos de su amiga brotaban lágrimas y él, para calmarla, le dio el regalo más lindo de todos, la primera de muchas sorpresas que los acompañarían de ahí en adelante: cerrando los ojos, dejó que sus labios tocaran los de Sofía con una suavidad infinita, y entonces, abrazándola aún con más fuerza, le prometió no dejarla sola nunca, tal como nunca la había dejado sola hasta entonces. Y se lo prometió mirándola fijamente a los ojos, abrazados frente al mar, en aquel lugar en que ese sentimiento más bello había nacido minutos antes. Y así estuvieron quién sabe cuánto rato más. Y así eran felices, ella mirándolo a los ojos y él acariciando su mano y su rostro que, esta vez y a pesar de la confusión que se había creado en su corazón, sonreía feliz.
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