Las palabras son el elemento más volátil que puede existir: más que el agua. Más que el aire y que el vinagre, mucho más que el alcohol incluso. Son el bonus track de la vida. Se usan para todo, y SIRVEN para todo. Y de un momento a otro te pueden enredar en un ramillete de letras conjuntas, unidas con el hilo más enredado del discurso. Y ahí estás, con un montón de palabras en tu mano y en tu boca, en tus oídos y en los de los demás. Parece bonito. Más cuando es el discurso ejemplar, ese mismo que sientes que penetra por tus oídos y tu cerebro y al mismo tiempo te hincha el corazón, te llena de agasajos, te coloca sobre mil y un pedestales de los cuales sueles pensar y creer que jamás caerás. Pero es un discurso, un simple discursillo sobre el cual pretendes que se construya tu reflejo... y por qué no, un reflejo de aquello que eres tú para aquél individuo míticamente identificado que llamamos "interlocutor".
Pero son tan volátiles la palabras. Tanto, y tan ligeras, que a veces vuelan en direcciones opuestas, o peor aún, en sentidos contrarios. Y en la voz de ese mismo interlocutor te parece tan efímero ese ramillete que cargabas en tu mano, que decides dejarlo volar. Pero lo decides tarde porque ya se ha ido, se esfumó como tantas otras palabras, como tantas otras muchas, que es peor; porque ahora las palabras, amigas hasta entonces, vuelan como dardos sobre ti y caen, golpeando con el hielo que pocos han sentido y que pocas otras cosas son capaces de provocar -muy pocas!-. Y vuelan, corren, saltan de todas partes, en tantas direcciones que llegan a ser odiosas, en especial cuando crecen y ocupan mucho más espacio en tus oídos -y por desgracia también, en tu cerebro-. Y suelen crecer más rápido, aumentar su volumen sólo para hacerte notar más lo falso de aquellas anteriores que vinieron a formarte ilusiones falsas, solo para que te des cuenta de lo frías que son las palabras. Y cuando crees que ya todo está perdido, que la lluvia de dardos ya fue suficiente o que debería parar porque no hay de dónde sacar dardos, llega la estocada más fuerte, profunda y muchas veces mortal para una conversación que crees que aún podrás salvar. Estocada que por cierto no es más que un monosílabo de usualmente dos letras, pero que muchas veces suele acompañarse de un "porque" que, a mi parecer y creo que al de muchos, es el más estúpido e injustificado que pudiste llegar a pensar -o que ni siquiera pensaste porque lo juzgaste retrógrado, innecesario, incoherente o simplemente estúpido-. FUNDAMENTO DE AUTORIDAD. El maldito principio de ser políticamente correcto y las jerarquías tristemente fundadas en la moral y las buenas costumbres, hacen IMPOSIBLE el sobreponerse a ese puñal decisivo, haciendo por lo mismo que sea decisivo -salvo por la vía rebelde, claramente, pero esto ya no cabe en el ámbito de las palabras-
Y ahí estás, con tu ramillete de palabras lindas deshechas, tu reflejo desempañado que empaña el reflejo del ahora odiado interlocutor, tus oídos con ganas de cerrarse para siempre y una profunda línea de hielo que casi hiere mortalmente tu bello discurso... LAS PALABRAS SON LO MÁS VOLÁTIL QUE EXISTE
y no sé, si para bien o para mal, son lo que son y precisamente, no lo que parecen.
1 comentario:
Si son tan volátiles, lo más probable es q en un futuro no muy lejano te retractes...
Difiero de ud. mi querida amiga, la verdad es que creo firmemente en que la palabra es uno de los rasgos más característicos de humanidad que poseemos, así como creo también q de ella derivan otras características no menos importantes...
Por otra parte, considero que el discurso "políticamente correcto" no es digno de ser comparado con la palabra del hombre.
No sé si tu puedes, pero por lo menos yo acostumbro ver mi mundo en letras...
Algún día hablaremos del tema, y difícilmente el olvido borrará las palabras q salgan de nuestras bocas.
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